Notas más altas, pero no en las pruebas externas
Hay un fenómeno extraño en la educación española. Nunca ha habido tantos alumnos con buenas notas y, al mismo tiempo, nunca el debate sobre la bajada del nivel ha sido tan encendido. Se esté de acuerdo o no en la caída del nivel lo que es innegable es el fenómeno de la inflación de notas. Si hace 30 años las matrículas de honor eran una rareza en lo que entonces era COU, ya han dejado de serlo en muchos segundos de Bachillerato. Y ocurre, según un estudio de Esade, que eso a la vez lleva a una mayor competición por una décima en la Selectividad, lo que hace que los alumnos estudien más para no quedarse fuera de algunos grados.
Con la inflación de notas parece que todos ganan pero no. Porque las calificaciones dejan de emitir una señal válida y porque, luego, cuando esos alumnos llegan a grados exigentes, se enfrentan a cursos de preparación en la Universidad para conseguir el nivel necesario para las asignaturas más duras. O a clases particulares en academias.
Las facultades de ingeniería, economía o ciencias llevan años organizando programas de refuerzo para estudiantes que llegan con expedientes magníficos pero dificultades en álgebra básica, ecuaciones o razonamiento matemático elemental.
Y, claro, es legítimo empezar a preguntarse qué miden exactamente las notas.
El artículo del New York Times que enciende el debate
La inflación también ha llegado a las universidades estadounidenses. Allí, se ha sabido que, en Harvard, el claustro ha tomado la decisión de no otorgar tantos sobresalientes y poner un límite. Pero, en la universidad, no hay pruebas externas que validen o no el nivel, además de que no tendría sentido evaluar competencias transversales como matemáticas, como sí ocurre en la etapa escolar.

La inflación de notas funciona de forma muy parecida a la inflación económica. Al principio todos parecen ganar. Los alumnos acumulan mejores expedientes, las familias reciben buenas noticias, los centros mejoran estadísticas y las administraciones pueden presumir de éxito educativo. El problema aparece cuando la señal pierde valor.
Porque una nota no sirve solo para motivar o tranquilizar. También sirve para medir. Y ahí es donde incide el artículo que ha provocado el último debate en EEUU, de Ariel Kalil y Derek Rury. Sobre inflación de notas, empiezan con un dato demoledor y es que la mayoría de los padres en EEUU piensan que sus hijos van muy bien en matemáticas y en lectura. Por encima de la media. Pero luego, en las pruebas estandarizadas, solo un 30 por ciento lo hace bastante bien. Ahora, además, algunos estados han bajado las exigencias de las pruebas estandarizadas y no son iguales en el resto del país.
Es decir, como ocurre en España con las pruebas de diagnóstico de las distintas comunidades. Como dicen los autores, así es complicado saber qué nivel de verdad tienen los niños. Los autores recomiendan en el artículo que se adjunten las calificaciones en las pruebas estandarizadas a las calificaciones y aventuran que bajar el suflé de las notas es complicado.
En parte, eso fue lo que nos impulsó a crear nuestros test de Monk. Inflación de notas y malas noticias cuando salían los resultados de las pruebas internacionales. ¿Habría una manera de medir el nivel de los niños y ver cómo progresaban con una prueba estandarizada y calibrada por todo el país? Y eso es lo que hemos hecho. Para colegios, instituciones y, ahora, para familias con esa curiosidad.
Inglaterra sí combatió la inflación de notas
Sí que ha habido un país que se ha atrevido a mirar cara a cara a la inflación de notas fue Inglaterra con sus reformas educativas, tal y como lo cuenta en detalle el antiguo ministro, Nick Gibb, en un libro reciente sobre cómo fue todo el proceso, Reforming Lessons.
¿Cómo lo hicieron? Con dos medidas:
Creación y empoderamiento de Ofqual: El Gobierno estableció firmemente el rol del organismo regulador independiente de exámenes, Ofqual, con el mandato explícito de poner fin a la inflación de notas. Mediante «enfoque comparable» (comparable outcomes), se blindaron las exigencias para evitar que los resultados subieran artificialmente año tras año.
Rediseño radical de los GCSE y A-levels: Se sustituyó el antiguo modelo de evaluación continua y exámenes modulares (donde los alumnos podían repetir exámenes constantemente para subir nota) por un sistema de exámenes finales sumativos, considerados mucho más exigentes y rigurosos.
Bachillerato y selectividad
Mientras, en España, con la inflación de notas, las medias de Bachillerato y de acceso a la universidad no han dejado de crecer. Conseguir notas altísimas es hoy bastante más frecuente que hace quince o veinte años. Y, sin embargo, cuando los estudiantes se enfrentan a pruebas externas, la imagen cambia bastante. Ahí están PISA o las evaluaciones diagnósticas autonómicas, donde los resultados no reflejan precisamente una edad de oro académica.
Esto genera una situación un poco absurda. Las notas siguen utilizándose como si fueran una medida precisa del nivel del alumno, cuando cada vez significan cosas más distintas según el centro donde se obtengan. Un 9 puede ser excelente o simplemente normal, dependiendo del colegio. Y eso introduce un incentivo perverso: si otros inflan calificaciones y tú mantienes criterios exigentes, acabas perjudicando a tus propios estudiantes en el acceso universitario.
Las pruebas externas
Por eso, las pruebas externas son tan importantes, aunque se hayan convertido casi en un tabú pedagógico en algunos ámbitos. No porque sean perfectas —ninguna evaluación lo es—, sino porque al menos obligan a introducir un criterio común. Son de los pocos instrumentos que permiten comparar resultados entre centros distintos sin depender completamente de la subjetividad del profesor.
Y esa subjetividad existe. Es inevitable. De hecho, investigaciones bastante interesantes en España, como las de Óscar Marcenaro o algunos trabajos de ISEAK, muestran diferencias claras entre las notas puestas por los docentes y el rendimiento medido externamente. En ciertos casos aparecen sesgos relacionados con el comportamiento en clase, el origen social o incluso el género, puntuando a las niñas mejor en sus profesores que las pruebas externas.
Nada de esto significa que los profesores “regalen notas” deliberadamente. El problema es más estructural y bastante más humano. Cuando un sistema educativo empieza a valorar por encima de todo el bienestar emocional, la reducción del conflicto y las tasas de aprobado, la exigencia académica se vuelve cada vez más difícil de sostener. Suspender empieza a verse casi como un fracaso del docente en lugar de como una posibilidad normal del aprendizaje.
Y así aparece la ficción perfecta: expedientes cada vez mejores conviviendo con niveles cada vez más frágiles.
Hasta que llega primero de carrera y acaban decidiendo que van a necesitar una academia para el álgebra. Que ha pasado antes. Pero hay cada vez más.
Y quizá ahí está la mejor definición posible del problema. Si una universidad necesita cursos remediales para alumnos con expedientes excelentes, entonces el problema no es matemático. Es estadístico.
Porque cuando todo el mundo es excelente, la excelencia deja de informar.