Si en un aula no hay orden, atención y respeto, el aprendizaje cae. Y orden, atención y respeto se consigue con una palabra cuyo uso ha caído: disciplina.

Y esto no es una intuición o una afirmación basada en el llamado sentido común. Es algo que aparece una y otra vez en los datos. PISA no se limita a medir matemáticas o lectura. Esos datos los completa con encuestas a profesores, con otros cuestionarios a familias y el llamado «clima del aula» está incluido y no se refiere a la temperatura en las clases. En realidad, va sobre la disciplina. Saben que las matemáticas, la lectura, la ciencia se aprenden peor si hay alumnos que no pueden escuchan al profesor.

¿Cómo puede haber atención más o menos personalizada en un aula que es un caos? «Por un lado, el debilitamiento del entorno de aprendizaje en las escuelas, especialmente el deterioro del clima disciplinario en las aulas, ha tenido un efecto negativo en la capacidad de los docentes para ofrecer apoyo individualizado», decía este artículo de Funcas.

La disciplina en el aula no es “mano dura”, no es la canción de Pink Floyd de The Wall. Es algo más básico: que se pueda enseñar sin interrupciones constantes. Que haya normas claras, que se respeten los tiempos, que no haya que estar recomponiendo la atención cada dos minutos. No es sencillo pero no es un arte, se puede aprender, como demuestra Robert J. Manzano en este libro.

El problema es que muchas veces la indisciplina no llega como un gran conflicto, sino como una suma de pequeñas cosas: ruido de fondo, alumnos que entran tarde, instrucciones que no se siguen a la primera, conversaciones paralelas. Nada dramático por separado. Pero en conjunto, se comen la clase.

La indisciplina se nota. Pasa factura. En agotamiento de los docentes y en resultados que pueden ser mejorables. Los datos de PISA lo reflejan con bastante claridad: cuando el clima de aula es peor, el rendimiento tiende a ser peor. No porque lo explique todo, sino porque condiciona lo que importa: el tiempo real de aprendizaje.

En la experiencia inglesa y la mejora de los resultados se ha resaltado la importancia de mantener el orden en clase. Tom Bennett lleva años insistiendo en algo bastante poco glamuroso, pero clave: si el comportamiento no está bien gestionado, no hay enseñanza que aguante. Da igual la metodología.

Y en esa línea, Gregorio Luri también lo dice sin rodeos: sin autoridad del profesor y sin hábitos de autocontrol, la escuela se vuelve frágil. No porque falte innovación, sino porque falta lo básico: condiciones para aprender.

En España, además, la convivencia escolar es muy desigual entre centros. Y eso hace que la experiencia educativa dependa demasiado de dónde pueda escolarizar una familia a sus hijos.

Al final, la idea es bastante simple: una buena clase no es la que tiene más recursos, ni la que usa más tecnología.

Es la que funciona.

Y sin eso, todo lo demás es accesorio.

¿Cómo puede aportar Monk? Datos. Que cada centro, institución, analice bien los datos de sus alumnos, de sus clases, del curso y de cada centro. El progreso en matemáticas y en lectura. Sabiendo qué clima hay en cada aula. Cómo de coherente es todo el centro en implantar ciertas normas.

Puede ser que no salte ninguna alarma. Pero puede ocurrir que lo que se vea en Monk sea un indicio de que hay clases con climas mejorables. Lo podemos llamar disciplina o convivencia. O podemos hablar del orden necesario para aprender. Para estudiar. Para que los profesores no se quemen.